Chicligasta...

Hay nostalgias para todos los gustos. Me dicen que llegué a Chicligasta 5 años tarde y aun así me parece que llegué hace 100 años. Chicligasta es un pueblo perdido: quince kilómetros de camino de Piedras desde la Nacional 157, una iglesia pobre y bellísima con los muros de Adobe, la torrecita mocha una sola ventana y tres o cuatro santos sobre una repisa, al fondo, donde estaría el altar, techos de tejas y galerías de columnas de quebracho.

-Por ese cabrito te puedo dar cinco kilos de yerba como mucho
-qué me vas a dar por este cabrito cinco kilos. Doce kilos por lo menos vas a darme. Mirá como está: Gordito está.

El lunes día de Feria los paisanos vienen con los chanchos,  los chivos, las gallinas, y se los cambian a los ferieros por ropa y por mercadería... El parking reboza de sulky y caballos, señores con sombreros de Gauchos y el rebenque en la mano, toman vino como si el tiempo no existiera. Hay espacios de chancho y de chivo asándose despacio, las moscas son amplia mayoría. Se oyen los gritos del regateo, los saludos, una cumbia villera, señoras que vocean empanadas. Me quedo un rato largo pero es cierto no hay peleas.

El carancho que masca perro en medio de la ruta, me ve llegar , se retira despacio caminando, hasta el costado, se queda ahí parado en la banquina: sabe – carancho sabe- que no hay peligro fuera del asfalto.


Martín Caparrós